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domingo, 24 de junio de 2012

AMOR TRIDIMENSIONAL

Una Opera d´amore en tres actos


 Epílogo

A veces, bruscamente, cae el telón, y la brisa suave de mis lugares secretos se desvanece entre las tosquedades abruptas del realismo. El pañuelo de satín se desgarra de un zarpazo preñado de urgencias. Un huracán espeso como la pegajosa miel me devuelve de repente al segundo escenario sin piedad. O al primero. Y soy como una mosca embistiendo a la ventana que ofrece otra posibilidad, tan asequible en apariencia como cruel cuando intento atravesarla. El denso cristal me ofrece un muro sólido y sórdido construido con el más eficaz de los materiales, la transparencia. Y divago interminablemente, sin suerte alguna de solución, por un laberinto inacabable que sólo ofrece tres puertas, las tres puertas que desembocan en los tres actos en los que se escenifica mi amor. Y me siento atrapado en mi propio sentimiento. Esclavizado sin remedio en un dédalo de corredores que me devuelven con sus impasibles espejos, la patética imagen del que quiso conocer el más elevado de los amores. Quise y quiero ver el amor. Declaro que deseo conocer la verdad del amor. Me confieso culpable de todos los errores, y mi última voluntad, la que precede a mi ejecución, la postrer mirada antes del beso de la muerte, antes de que ya nada sea, es que me mostréis el auténtico rostro del amor.

"Kokoschaka"
Lo busqué en la forma, en el cuerpo, en la acción, en los gestos, en la vida derramada en los hábitos, en las palabras y las maneras, en miradas y ademanes, en anhelos y quereres secretos en una intimidad sin código de acceso. He hollado todos los caminos registrados en los mapas de mi existencia, invadido todos los reinos. Cansado por un inútil peregrinaje, me rindo. Sea lo que sea el amor, que permanezca oculto a mi consciencia si esa es su voluntad. Desisto y desespero. Renuncio.
Abandono, pues, en este punto, la empresa que ha durado toda una vida, la excusa de mi minúscula historia personal que a nadie interesa y quizá nunca se comparta. Deserto de esta mi última cruzada.

Te busqué aventurándome en tu cuerpo. Indagando en cada pliegue, sorbiendo cada rincón. Bebiéndomelo poro a poro. Entrando al fondo hasta desfondarme. Te busqué y no te hallé en esa geografía que me arrebató la cordura. Que me arrastró en su torrente de emociones incontrolables que desembocó en una ausencia desnuda de ti… y de mí.

Divagué en la forma. Escudriñé en las maneras, modos y aspectos, circunspecto. Me enredé en ti sin apreciarte en esa madeja que se hila en torno a los actos, sin hebra de principio y sin asomo de conclusión.

Me extravié en mis veleidades interiores, arremetiendo a veces con más pasión que contra tu cuerpo. Se me levantaron mis fantasmas de colores, suscitando un corolario de emociones si cabe aún más amplio que las del primer acto. Lo vi todo, hijo de la aventura y la experiencia. Mis pasos cubrieron todas las pistas. Mi sombra, tal vez, apagó más de una luz.

Ahora veo claro que buscándote, amor, me perdí a mi mismo. Que abriendo los ojos hasta desorbitarlos, me cegué y tuve que entornarlos, y en esa oscuridad, navegué a la deriva, empujado por los vientos de mi imaginario íntimo.

En este momento, cuando la carne baja a los subsuelos de la materia, y la mente apaga el sabroso cebo de sus luminarias, empiezo a mirar más alto desde mi rendición.

Se me ocurre -¡me viene!- al contemplar tus curvas aplastadas contra el colchón flex, y tu pelo enredado deshilachándose hasta la boca entreabierta que babea sin compostura, que tal vez tú hayas emprendido el mismo viaje. Acaso habrás asistido alguna madrugada al mismo drama en tres actos en pos del amor. Puede que hayas estado mirando y viendo una y mil veces lo mismo que yo esta noche, y la otra noche, y la otra de antaño. Un antaño que no sabemos cuando empezó, pero que se presentó deslizándose con la excusa de nuestra relación.

Yo, que me creí cazador de una esencia, aventurero de lo extraordinario en lo ordinario, tal vez sea la víctima también de tus reflexiones en esas horas robadas al sueño, a la vigilia o la costumbre.

"Hopper"
Es chocante caer en la cuenta de que quizá hayamos viajado en el mismo tren, ¿por qué no? en el mismo compartimento, creyendo sentir que el otro dormía a nuestros desvelos, a nuestra mirada que indagaba en el paisaje fugaz a través de la ventana. Nos estábamos buscando el uno en el otro sin la más mínima complicidad por nuestra parte. ¡Qué fácil habría sido colaborar en nuestras búsquedas! ¡Aunar fuerzas para no buscar el amor en el otro a pesar de él! ¡Qué paradoja! Veo que puede que haya sido como buscar un bosque entre los árboles, el blancor debajo del manto de la nieve, el azul más allá del cielo. Pero yo he mirado en tus ojos, me he asomado a ellos, y no he apreciado nada de esto. Claro que tal vez tú te hayas también hecho esta reflexión. Hemos querido ver el amor en el ser amado, y su apariencia nos lo ha ocultado, atino a afirmar. ¿Qué hemos estado mirando? ¿En qué empresa hemos invertido nuestros infinitos desvelos, los instantes todos de nuestras vidas que creímos unidas para siempre? ¿En qué hemos estado creyendo todo este tiempo?

Ahora lo veo. Veo que los dos hemos querido ver lo mismo mirando en la misma dirección, pero al contrario.

Mi reflexión va desbarrando un tanto más allá. ¡Cuántas miradas huecas en el metro, en las paradas de autobús, en el apresuramiento arrebatado de los pasos de cebra, en las inacabables colas de los supermercados! ¡Cuántas pupilas sin brillo, de pez muerto, habrán sondeado acaso estas tres dimensiones en sus existencias!

Mi exclusiva, de repente, estalla en mil corazones que vagan por los tres escenarios, amarrados por las mismas cadenas, movidos por los mismos hilos. Empujados por las mismas pasiones. Apagados por idénticos ardores. Atravesando, errantes, las tres dimensiones en las que habitan sus cuerpos, sus espíritus y sus pensamientos. Maestros canteros de sus propias íntimas creencias publicitadas y compartidas.

Un relámpago alumbra en mi consciencia sesgando mi reflexión egocéntrica. Da a luz un anhelo, el mismo, en todo. Cada ser puede que esté buscando en un prójimo el amor a través de su amor, pero también puede que su empresa no siempre resulte fácil al no ser correspondidos de la forma que, estiman, debería ser hecha efectiva. En cualquier caso, puedo constatar a través de mis registros, que siempre será una búsqueda en solitario. Puedo ver cientos de personas arrastrándose por el espacio vital de sus historias, circulando como hormigas en las avenidas de las ciudades, apretados, muy juntos, chocando, incluso, a veces, y no encontrando el objeto de sus aspiraciones. Sus vidas se cruzan y entrecruzan, se enlazan con cintas de acero, forjando una malla tan tupida como estúpida. Sin remisión. Sin luz. Sin fin. Confusos. Difusos. En busca de una identidad fuera de sí con el pretexto del amor. Un sentimiento que les impele a la búsqueda de ese amor allende sus dominios. 


"J. Ensor"
Seres que discurren y transcurren por los tres espacios –dimensiones- de sus dramas menores. Personas que arden fundiendo sus cuerpos con otros, y que retornan a la más irreprimible de las soledades cuando la lava enfría y cristaliza de nuevo en la distancia de la individualidad. ¡Cuántas independencias dependientes! ¡Pendientes, del hilo de una espada de Damocles, que oscila impertérrita sesgando las carnes en busca de autor! Separación –esclavitud- que busca rendirse a un amor que ni siquiera intuye y que ciegamente buscamos en los cuerpos, en las caricias, en los labios, en las palabras, en los rictus, en las actitudes y los hechos, en los encuentros, leyendo significados muy partidistas en un mundo imparcial, en los anhelos, en los pensamientos… ¡Un amor buscado hasta entre los sentimientos! En todo sitio otro que no seamos nosotros mismos. ¡Sí. Nosotros! Hemos dirigido nuestro experimento constatador en todas direcciones menos al punto del que parten las mismas. Un punto cero que no está en ningún sitio porque de él arrancan todos los caminos posibles. Un punto de inflexión que se dobla y ramifica en todos los sentidos. Un lugar determinado que no tiene localización alguna en la infinitud.

Nos hemos extraviado porque buscamos. Nos hemos desfondado porque hemos tocado todos los fondos posibles sin ver su trasfondo. Estamos exhaustos por intentarlo “sin parar”. Nos hemos cegado de tanto mirar. Tal vez se trate de nada. De nada otra cosa que tú mismo. Quizá buscamos –exigimos- allende nosotros, lo que somos. Puede que estemos queriendo ver fuera lo que ya es tras las compuertas de nuestra mirada. Nos hemos enredado en el ver, sentir, pensar, percibir… experimentar. Hemos enfermado de adicción. Adicción al sabor que buscamos por doquier. Somos esa lengua que lo paladea todo menos a sí misma. Ese ojo que no puede verse y se busca mirando. Ese fuego que trata de quemarse a sí mismo ardiendo. O la espada que no puede cortarse con su afilado canto.

"John William Waterhouse"
Tal vez se trate únicamente de dejar que nuestra propia condición sea, sin emprender acción o ruta alguna. Sin propósito ni requisito. Quizá no haya que salir de casa para volver al hogar. Puede que nuestra pintura de bellísimos cromatismos no necesite entintar ninguna superficie para lucir. Tal vez, si dejamos de pedir, lo tengamos todo. Si relegamos la experiencia compulsiva a un olvido, disfrutemos de nuestra herencia. Acaso me he desterrado en mi hermoso reino. Me haya enajenado en mi identidad. Puede que haya estado viviendo mirando mi propia sombra, ignorando la luz que la produce.
Creo que puedo mirar a través de mí y encontrarme en todo. Que es posible amar a pesar del sentimiento.

Afirmo el Amor a pesar del amor.

Fin
Indiana Om 
 © Todos los derechos reservados   


miércoles, 20 de junio de 2012

AMOR TRIDIMENSIONAL

 
 Una Opera d´amore en tres actos

Acto 3º

 
El escenario del tercer acto es diáfano, amplio, muy amplio. Infinito, se diría, si nos atenemos a la sustancia de su soporte. Inagotable en sus expresiones si contamos sus formas.




Es un espacio interior, tejido de memorias y fantasía. Una tabla diáfana donde todo queda registrado y almacenado. Donde todo es posible y plausible. Están hechas sus manifestaciones del mismo lienzo que los sueños. De imágenes y palabras. De discursos y monólogos. De juicios y consejos. De emociones y sentimientos que combustionan con cada fenómeno reflejado.





 Allí el amor es posible en forma de anhelo profundo e íntimo. Se diría secreto. Sagrado. El rostro de la persona amada se dibuja con pasmosa facilidad en ese trasfondo de gasa, como un retrato de anilinas, empapando la seda del tiempo detenido. He retenido lo mejor de él desafiando las edades. Año tras año, ensueño tras ensueño, todo se ha grabado en hilo de oro, el de los mejores encuentros. 




Allí están todos los inicios. Todas las incertidumbres y su intenso escozor en el estómago. El primer beso, y el segundo. Amén de todos los demás besos, robados o no. Las caricias y su sabor de mango a la sazón. Las miradas de embrujo inquietante que no sólo alimentaron no pocas tardes de soledad, sino que se extendieron desde allí hasta la eternidad. Nada ha muerto en ese escaparate, en el desván de mi paraíso interior. Lo desagradable lo guardo bajo llave encerrado en un viejo baúl. Sólo traigo a escena lo más granado de mis recuerdos, las más vívidas experiencias vividas. Las más aterciopeladas y excitantes impresiones que, sorbo a sorbo, saboreo en la intimidad que no necesita tiempo ni lugar para ser.

Allí, amada mía, te amo. Te amo incluso más que cuando leí “sí” en tus pupilas. Sólo en ese escenario hago el amor y la corte a la Venus de mis sueños, sin impedimentos ni reclamos. Siento que en él te amé incluso antes de conocerte. Me declaré miles de veces sin que me oyeses, y te susurré preciosas palabras impronunciables por mis labios. Todas las melodías son posibles cual banda sonora disponible a cada sueño.

"Kokoschaka"

El amor es más real allí, etéreo. Flota y evoluciona sin obstáculos aparentes. Sólo mis miedos inconfesables pueden hacerlo palidecer. Desde ese plano todo es posible, incluso deshacer una discusión en un instante, o desplegar una fiesta que colea en una sonrisa, en el peor de los momentos. 

Es mi salvación. No lo siento como una evasión. Es una dimensión disponible desde lo imposible. El reverso de mi lógica.

En ese lugar, mis sentimientos están a salvo. Son más míos. Me pertenecen de veras. No tengo que explicarlos ni justificarme. Están hechos de luz. De luminarias interiores que alumbran todos mis momentos, todas las escenas de todos los actos posibles de mi historia contigo. Sobrevivo a la modorra incómoda desde allí. Lo habito todo en él. Digiero mi realidad con la cuchara de la fantasía imaginaria. Solapo mis interioridades privadas al crudo exterior demasiado cocido.

Desde allí habito un amor soñado de tal veracidad y consistencia, que compite con el envite del sentimiento en la materia. Intento encajar esta versión con la oficial. No siempre lo consigo. La verdad, casi nunca. Existo en dos realidades paralelas que se consuelan y completan en su imperfección.

"Rossetti"
Allí es más seguro, pero ¿dónde estás tú en esa diafanidad? ¿Dónde está tu “yo” ahí? ¿Dónde reside tu ser? Escudriño la imaginería íntima, las emociones y sentimientos, los gestos de humo. Sigo anhelándote entre mis ensoñaciones que no tienen correspondencia con los espacios y sus productos de los otros dos actos en los que se representa el drama del amor en mi existencia. Sigo naufragado. Encallado. Trabado en un mar de ilusiones, menos densas que las que pueblan las otras dos dimensiones, sí, pero tal vez más intensas, más engañosas. Tremendamente convincentes como cantos de sirena. ¿Dónde estás, amor, entre velos y visillos de los más exquisitos bordados? ¿Cómo hallarte entre las brumas etílicas de la ambrosía de mis fantasías? ¿Cómo verte en un espacio donde sus habitantes son más sutiles que la luz? ¿Cómo podría allí asirte de encontrarte?

Indiana Om

© Todos los derechos reservados   

Continuará, próximamente con el Epílogo

lunes, 18 de junio de 2012

AMOR TRIDIMENSIONAL

Una Opera d´amore en tres actos


 Acto 2º


El segundo acto se desarrolla en un escenario físico más amplio. Se trata de las casas que habitamos, de los hogares en los que establecemos el centro de operaciones de las intimidades de nuestras existencias. Extensible a otros espacios exteriores, las calles y plazas de la ciudad en la que vivimos, rincones plagados de vivencias al aire libre.

"Hopper"
El amor está inmerso en lo cotidiano. Es el movimiento demostrado sobre la marcha. Es la excusa por la que estamos juntos, me coges del brazo o le añades un “mi” posesivo cuando te refieres a mi persona, como si de una adquisición se tratase. A veces un trofeo, a veces un compromiso. Un contrato al fin y al cabo revalidado ante Dios o el hombre, frente a la platea. Una propiedad escriturada cuyo usufructo ejercemos.

Ese sentimiento es un “tomaré algo camino del trabajo que se me hace tarde,” por la mañana temprano. Un "¿te falta mucho?” a la puerta del baño. O “¿Qué ponen en la tele esta noche?,” al final de la jornada.

"Hopper"
 Es quedar en una terraza, tal vez, para restituir un noviazgo extinto hace ya un par de lustros, y mirar tu rostro compitiendo con el de miles de personas que deambulan por las calles, mientras degustamos la tarde robada a mil obligaciones familiares, no sin cierto remordimiento. Es recrearnos con los escaparates mientras intento mirarte, furtivamente, a través de los reflejos, cuando tus ojos están revoloteando de prenda en prenda, entusiasmados. Es buscarte cuando te alejas entre los transeúntes, adelantándote, y no acertando a reconocerte en esa figura que se sumerge en el escenario urbano. Es advertir que tú también pruebas a robarme una mirada cuando comemos en casa bañados de pegajosa rutina, sin encontrar la complicidad que anhelas. Es ver como todas esas pequeñas cosas sobreentendidas van levantando un dique de monotonía entre los dos. Es la extrañeza en tu rostro cuando empiezo una conversación que busca nadar más allá de lo de siempre. Eso que llaman amor, en este acto extenso, se va transmutando y diluyendo en aguas grises salpicadas de llamadas sordas de socorro. Es un domingo sin ton ni son, sin magia ni lo contrario. Es un desliz tras otro, y otro y otro. Es una suposición continua que economiza gestos amables. Es una palabra más alta que otra. Es un “ya vendrán tiempos mejores”, o tal vez un “¿te acuerdas de…?”, por todo escapismo.

"Eric Fischl"
Yo he conjurado con el barro hasta el cuello, a los dioses de la existencia, implorando una respuesta. Una pista que me acerque a la mujer que hace pis mientras me afeito. Un filtro que desate de nuevo a la musa de mis días primerizos, algo que me impida separarme de ella con la excusa más primaria, para encontrar una intimidad conmigo perdida que me ayude a comprender. Ya no necesito una discusión por toda novedad. Hemos agotado todas nuestras estrategias para forzar un retorno. ¿Un regreso a qué? 

¿Una vuelta a dónde?

Mi amada ya no es un misterio por desvelar. Demasiados ademanes previsibles, casi robóticos, han inundado nuestra relación. No. Mi amor no se quedó rezagado en cualquier recodo del camino. No se murió de tanto usarlo. Yo sigo ardiendo intensamente buscando la verdad del sentimiento agazapada tras toda esta historia. Quiero conocer. Deseo saber. He mirado el objeto de eso que llaman “amor”, en mí. Anhelo reconocer lo que tal vez nunca miré a la cara, y no por falta de osadía. Lo que quizá no alcancé a ver porque nadie me lo apuntó. Tengo ansias de amor y las vierto irresponsablemente en ti. Porque siento irreprimiblemente amor, te he buscado en el cuerpo montando el corcel del deseo, para mirar al fin la meta de mis intensidades más íntimas. Noche tras noche, he rasgado la oscuridad de nuestro cuarto detrás de cada acto sexual, escudriñando en las migajas de la pasión derramadas por la cama. He desdoblado cada arruga, cada pliegue, creyendo haber olvidado allí tu ser cuando desafié al tiempo y al espacio en esas horas salvajes, en las que yo desaparecía en pos de la bestia. Tras la autopsia del coito, no te he encontrado jamás en ese cadáver que yace impertérrito, junto a mi costado, todavía caliente. Mi impotencia ha ido desarrollándose, desenroscándose, desenvolviéndose, cambiando de tercio con cada acto, mudando su estrategia para encontrar al amor en vivo y en directo. No más sentimientos en diferido. Amor, amada, quiero poder reflejarme en tu rostro. Siquiera, aunque sólo fuera, sorprenderte en un desliz de principiante. Disfrutarte. Mirarte, verte y conocerte. Comprenderte. Relacionarme contigo más allá de modismos, ópticas y convenciones. Allende el personaje que clama un gramo de verdad. A pesar de las situaciones, escenas o desencuentros. Amor más allá del amor. Esencia destilada de toneladas de cotidianeidad de los humanos. Sustancia decantada en el filtro de todos los sentimientos. Elixir de los dioses.


"Hopper"
Mis ojos han vagado muchas veces absortos, a pesar de lo cotidiano, cuando no han acertado a penetrar el tejido espeso de la realidad pequeña que a nadie convence, al menos a mí. Han resbalado por las formas y las maneras, patinando ante el sentido común. Pero todavía no han atinado a encontrar.

Incansable, he insistido en todas las pingües dimensiones que ofrece mi existencia, plantándome en sus límites, empujando sus fronteras. He buceado en el tercer acto de mi drama tratando de resolver el enigma.

Indiana Om



© Todos los derechos reservados   

Continuará, próximamente con el Acto 3º

sábado, 16 de junio de 2012

AMOR TRIDIMENSIONAL


Una Opera d´amore en tres actos

Acto 1º

El primer escenario del amor apenas requiere dos metros cuadrados. Un almohadón y un par de sábanas por todo utillaje. Dos personajes, y cuanta menos indumentaria, mejor. Al final siempre acaba abandonada en el suelo sin que nadie haya reparado en ella. La actuación en este acto –no el primero necesariamente en las historias interpersonales- que se perpetúa con fruición, es de distancias cortas, de primerísimos planos. De planos detalle, las más de las veces. 


"Egon Shielle"
La mirada apenas alcanza a abarcar fragmentos de desnudo, despiezándolo e hilvanándolo en la fantasía de los ojos cerrados. Los sentidos inventan un millón de inacabables matices que estallan y se desparraman por doquier en la consciencia, hasta perder la razón. El pensamiento se detiene. Sólo hay una jaculatoria, el nombre de la amada aliñado con almibarados epítetos. Susurros, jadeos y sonoras respiraciones al oído, muy cerca, como un eco in crescendo en los espacios interiores de la pasión, hasta llegar a emular al mismísimo trueno. Dando te entregas. Entregando te rindes. No sucumbes a nadie. La forma se desvanece. Y así quiero llegar al fondo de ti, para conocerte, horadándote. Pero ni taladrando tus entrañas consigo verte. No puedo entrar más dentro de tu cuerpo y sin embargo, siento que me alejo, como un extraño pasajero asomado a tu postigo, dando voces, sin ser invitado ni recibido. Los vientres tiemblan, la animalidad estalla. Los gemidos se tornan gritos inclasificables en la frontera del dolor con el placer. Explotan los sótanos de lava hirviente derramando sus borbotones al compás del derrumbe. Y en el desplome siento que te pierdo. Pierdo todo lo que había construido, toda la edificación que había levantado a golpe de deseo. Quise tenerte mientras te poseía, y aferrándome a tu cuerpo sentí que te perdía en un mar de ignorancia. La ignorancia de la bestia que me habita y que, en ese escueto territorio de apareamiento, danzando una absurda parada nupcial, creyó conseguirte cuando ni siquiera alcanzó a saberse. La especie en mí despreció la procreación, y se hundió en el deseo para restituirse a través de la intensidad de un fogueo fatuo. Un fuego que se quema a sí mismo. Un fuego que se arde inextinguible en una llama dirigida a su propia médula. Insaciable. Condenada a prender una y otra vez sobre sí. Que nunca se consume ni satisface con cada representación de su maleficio. Una brasa ciega que recrece en cada acto. Suicida. Que invade abruptamente rasgando las veleidades íntimas, pisoteando los setos floreados de los paraísos interiores, con torpeza violenta. Por unos instantes, la humanidad queda velada.


"Lovis corinth"
Y yo, esta noche miro tu cuerpo desnudo y te busco en él. Como si quisiera desentrañar algún acertijo. Como si el sortilegio estuviera desplegado delante mismo de mis narices y no alcanzara a verlo. Quiero saber, y se diría que el vehículo que me puede catapultar en este lance es el amor. El amor. ¿Esto que ha ocurrido es producto del amor? Me derramo entre temblores, me doy todo y más, me voy detrás de una energía que restalla en mis entrañas cabalgando mientras entrego mi quintaesencia,  y, sin embargo, me vacío, me arruino de mí. Me pierdo buscándote. El precio para conocerte es alto. Estoy dispuesto a darlo todo. Mi apuesta es elevada, la más. No importa si exige mi ruina. Puedo correr el riesgo. Más no puedo soportar no tenerte, ni siquiera alcanzarte, apenas encontrarte. Te amo y quisiera conocer aquello por lo que daría mi vida toda. Lo entrego todo y no alcanzo a comprender porque no te vislumbro en mi entusiasmada renuncia. ¿Cuál es la puerta que me llevará a ti? Aquí, cerca, muy cerca de tu cuerpo, entrando en él, surcándolo hasta las entrañas, recorriéndolo poro a poro, inundándolo de mí, bebiéndomelo todo, haciéndolo mío, fundido e indisoluble, te he buscado sin hallarte. Apenas una sombra se ha deslizado en esta aventura, una sombra que me ha hecho estremecer. Mi ser se ha sentido sacudido con cada contienda de eso que llamamos “hacer el amor”. Mi consciencia ha velado después muy alerta y no ha visto nada. ¿Qué hacer para vislumbrar tu rostro, amor?

Me he extraviado en la forma. He hollado tu cuerpo femenino y lo he encendido con mi masculinidad, pero la chispa eléctrica no ha alumbrado mi entender. En cada madrugada que me inmiscuí en el ritual erótico, quedé abandonado a mi suerte. Una suerte de inconsciencia, de impotencia, al no haber alcanzado más que un cuerpo.

Indiana Om
© Todos los derechos reservados   

Continuará, próximamente con el Acto 2º

jueves, 14 de junio de 2012

AMOR TRIDIMENSIONAL

Una Opera d´amore en tres actos

Obertura

En la penumbra del cuarto miro tu cuerpo echado bocabajo. Acaricio su dorso de terciopelo sin que ni siquiera, en tu sueño profundo, repares en ello. Mi mano juguetea incansable, recorriendo sus suaves relieves, como queriendo conocerte más a fondo. Apenas se estremece tu torso desnudo con la respiración. Hay una ausencia total en ti de ti.

"Eric Fischl"

Miro queriendo ver más y mejor. La cantidad quizá arroje un puñado de calidad, de claridad en la oscuridad del hábito sempiterno. Si te miro es para conocerte y, sin embargo, apenas te recuerdo, en una pose así, abandonada de todo, sin pudor. Como una Venus de un realismo insoportable descendida de un Tiziano exquisito.

Cuando el volcán de la pasión se apaga, tras su extática erupción, y la lava enfría, la materia roja se encoge permitiendo trabajar a la materia gris allá en lo alto, en las frescas cimas de la reflexión, que se abre paso entre el sudor, el sopor y el hedor a sexo.

¿Qué queda de ti en lo que se me muestra tras la batalla del amor? No te encuentro en estos despojos que me desalojan de mi mirada de siempre. Quisiera llamarte sacudiendo este cuerpo sumido en el olvido y descubrir dónde estás verdaderamente ahora. Todo parece un destierro de la seducción del inicio de la contienda. Esa caída de cabello perdió la compostura, y las carnes se aplastan impúdicas y ordinarias sobre las sábanas de tergal arrugadas por doquier. Sí, ya sé. De sobra sé que si cambiásemos los roles, tú serías menos comedida en tus juicios. Hay muchas eras entre Eros y yo ahora, precisamente ahora que caigo en la caída tan despiadada que se produce tras el más álgido de los instantes, tan elevado como fútil. Tan sutil como la eternidad que nunca llego ni a sospechar en ese punto de inflexión, enfermo de vértigo, entregado al vacío que se despliega de súbito, para estallar como un cohete y apagarse en la noche, fugitivo, vacío hasta de vacío, lleno de nada. Una nada algo indigesta que me apresuro a saciar con cualquier cosa después.

El cabello, en esa hora póstuma, vuelve a ser pelo. El jadeo, aliento. El aroma, olor. Una peca pícara, una inoportuna mancha en la piel. Y la saliva, baba. La dorada carroza de albos garañones se precipita en una cruda realidad color calabaza. 

"Egon Schielle"

¿Adónde te has llevado a mi dulce amada, artera concubina?

Me deslizo en pensamientos cada vez más recónditos. Visito regiones de mi mente que nunca pude intuir más allá de la plana y ruidosa red, tejida de una algarabía tal, que con su atronador monólogo ahogó cualquier fuga hacia mí mismo. Apenas me asomo asombrado al umbral de una estancia nunca visitada. Permanezco quieto, reflexivo, como replegado en mis precauciones, sin más opciones que asistir a una cita a ciegas con la consciencia.

Como un privilegiado espectador me instalo en un palco de preferente y me dispongo a contemplar la función. La función de mi historia. La historia de un amor enamorado, en tres actos. Tres actos, tres escenas, tres escenarios. Cruzados. A veces superpuestos. No siempre bien dispuestos y acotados. Nunca ordenados en lógica simultaneidad.

El amor desplegado en tres espacios con carácter dimensional propio y extraño, casi, entre sí.

Indiana Om

© Todos los derechos reservados   

Continuará, próximamente con el Acto 1º
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