Esta noche, muy de madrugada, te has despertado. La luz de la luna, como un misterioso faro, alumbra tu des-velo. Tras unas cuantas brazadas un tanto aprendidas, te acomodas en tu desesperanza.
Te rindes sin rumbo y a la deriva. Ya no luchas con tus pensamientos. Empapada de lucidez te incorporas en tu cama y, en dirección opuesta al origen del cono de luz que atraviesa los visillos de tu ventanal, inicias el monólogo de Segismundo. La vida es sueño y, esa noche avanzada, hasta se podría decir pesadilla. Te giras como tantas veces para reconocer a la otra parte contratante de tu empresa matrimonial.
Te rindes sin rumbo y a la deriva. Ya no luchas con tus pensamientos. Empapada de lucidez te incorporas en tu cama y, en dirección opuesta al origen del cono de luz que atraviesa los visillos de tu ventanal, inicias el monólogo de Segismundo. La vida es sueño y, esa noche avanzada, hasta se podría decir pesadilla. Te giras como tantas veces para reconocer a la otra parte contratante de tu empresa matrimonial.
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| "Pier Toffoletti" |
Pero hoy, precisamente hoy, es distinto. Es extraño. Parece más ajeno que nunca. Y te preguntas: “¿Quién hay en mi cama? ¿Qué hace este intruso en la intimidad de mi vida? ¿Cómo llegó hasta este aquí y ahora?
Para entonces ya has naufragado en el islote firme de tu “tierra de nadie”, no registrado en los mapas de la costumbre.
Te es muy difícil reconocer en esa figura que duerme de una forma poco estética y solemne al príncipe de tus años de juventud. Al blanco de tus flechas lanzadas con la saeta de ensueño de esos años donde tú conciencia cincelada a golpe de impulsos, que creías absolutamente íntimos y personales, estaba totalmente pre-programada por el entorno y la costumbre. Era la época de tu vida en la que, estabas segura, elegías tu libertad calzándote lo que con el tiempo fueron los grilletes del galeote que rema y rema sin otra visión del viaje que la espalda del inmediato compañero, que a su vez, rema y más rema al compás del tambor del hábito. Lo que parecía una atrevida y excitante aventura personal resultó ser un eslabón más de la cadena que amarraba el navío vital a “buen puerto”, que se mecía una vez y otra con las olas rítmicas que tú misma provocabas en las aguas estancadas de lo previsto.
Hubo ilusión de viaje. Se diría que todo avanzaba. Tú remaste con esfuerzo y energía. Nunca zarpaste. ¿Cuántas empresas abandonaste para subir a bordo de ese sueño? ¿A cuántas opiniones te opusiste? ¿Cuánta luz a-pagaste?...
Trabajo, boda, hijos, celebraciones… Todo empezó a repetirse, cíclicamente, de una manera sospechosa. Te dejaste engañar por la aparente variedad de unas situaciones apuntaladas con el mismo andamiaje podrido. Te partiste el corazón en cada una de ellas interpretando tu papel con unos registros muy convincentes para todos.
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| "Dan MacCaw" |
Pero esta noche, precisamente esta noche, en el entreacto del gran drama del mundo, cuando todos duermen, tu conciencia vela. Lo hace porque sólo puede elegir entre ello o la locura. Y descubres que, sospechosamente, las dos opciones se dan la mano como dos viejos conocidos.
Los hijos te “cambiaron la vida”. Hiciste abuelos a tus padres de unos nietos que no eligieron pero aceptaron como parte del soborno emocional, igual que tú tuviste que digerir una venida a la existencia que no pediste. El engranaje del chantaje siguió y esos padres metidos a abuelos ya no pudieron ni siquiera cuidar de sí mismos. El testigo de la responsabilidad ética te dio en las narices y tuviste que atender a unos viejos como a los niños propios que no siempre asististe como hubieras querido. Y montada en un grueso tronco a la deriva, dando bandazos, adivinas un horizonte que se curva y declina en el abismo: la gran cascada del devenir te aguarda impasible dispuesta a engullirte en su blanca y, casi, poética espuma. En ese salto al vacío quizá se te conceda la oportunidad de “caer” en la cuenta de tu vida. Quizá. Pero quizá también sea demasiado tarde para cambiar el rumbo de esa caída.
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| "Dan MacCaw" |
De todas las máscaras y maquillajes fascinantes que hubieran requerido cada uno de esos viajes. La muerte de todos esos compañeros de aventuras vitales. De todas las familias que podrías haber engendrado. Es la tala de todos tus posibles árboles genealógicos. La negación de todos los puntos de vista. De cada uno de los amores que pudiste soñar. ¡Cuántas medias naranjas podridas! ¡Cuántos cuerpos por ocupar, visitar e invadir! Incontables e inconscientes relaciones que nunca fueron ni serán como siempre se quiere que sean, porque esta noche, esta noche, ya no sueñas.
Ves la estupidez y la inutilidad de cada acto victorioso. Nada que ganar o perder. Que retener o conquistar.
Esta noche, la fría luna ha deslumbrado al embrujo de tu pequeña e insignificante vida, contraponiéndola a millones y millones de otras pequeñas e insignificantes y dormidas vidas. Se ha disuelto el hechizo. Descubierto el sortilegio. Ni siquiera hay dolor. ¡Hace tanto tiempo que no te permitías sentir! Tú que creías querer, amar y proteger a “los tuyos”, descubres que no te poseías ni a tí misma. ¿Cuándo fue la última vez que te permitiste intimar de esta forma? ¡Ni en plena pasión carnal llegaste tan hondo!
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| "Andrew Wyeth" |
Has pagado un gran precio a cambio de aceptación. Has doblegado una energía incontenible y casi agotado tus fuerzas para encarnar a un ser extraño y ajeno. Has reducido tu infinito entusiasmo al servicio de un pequeño y egoísta personaje. Has pasado de puntillas y con esmero por tu vida a cambio de una nube de arena en tus ojos.
Ese extraño oponente que dormita cerca de tu costado denuncia con su casi insoportable presencia la elección que hiciste en el pasado. Es la prueba fehaciente y consecuente de tu ceguera al querer retener no sólo a una persona, situación o cosa en el tiempo, sino a la visión misma de antaño. Tu mirada fiel a unos principios denostados que han ido renovándose hasta en el recuerdo para desembocar en la claridad del momento presente. El huracán de tu existencia, como una espiral de conciencia, ha ido girando sobre sí mismo pero siempre abriéndose y ascendiendo hacia lo alto, como unos cíclicos “dejà-vu” que cada vez arañan menos el alma con sus emociones proyectadas impasiblemente sin concierto y, ahora, también sin acierto.
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| "Dan MacCaw" |
Indiana Om
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