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¡No necesito nada –no te necesito- para amarte! No preciso de ningún utillaje, escenario o maquillaje, protagonistas o secundarios, para amarte. No ha lugar tanto despliegue de fantasía y neurosis. No. Te amo. Contigo o sin ti, te amo. Te amo hasta decir basta y más allá. No importa con quién me estés sustituyendo en tu mundo. En el mío sigues siendo el amor. Y lo eres desde que desapareció la amada.
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| "Andrew Atroshenko" |
Te amo porque has encarnado a la perfección el más eficaz de los pretextos, para que un pobre diablo confundido como yo, haya sido capaz de saborear el más sabroso de los néctares. Amando y herido de desamor, descubrí la sustancia que sustenta a todos los humanos, a todos los seres, a todas las cosas, a todos los países, continentes y mares, a todo nuestro mundo y a todos los mundos posibles. Al universo entero y más allá, más allá. La fórmula quintaesencial de todos los universos que mi alma pueda abarcar. Una alquimia replegada en cada minúscula partícula de la más asombrosa pintura puntillista que imaginarse pueda. De todos los millones de seres, con sus muy creíbles historias de amor como la mía, como la tuya –la nuestra-, que habitan cada una de esas motas que penden suspendidas del tejido luminoso y transparente de la eternidad. Una eternidad que no se mueve a pesar de su estremecimiento sobrevenido. Un estremecimiento hilado de una condición tal, que los seres, hijos de tan irisado sino, mecidos por las olas de nuestra ignorancia, tapando nuestras vergüenzas con los harapos de la arrogancia, inventamos el sentimiento rey, el amor, el amor de los humanos, el amor que se disfraza de interminables máscaras en un carnaval de pasiones y emociones, que discrimina miles de cromatismos deflecados –entresacados- del blancor de la luz nodriza, de esa condición original. Un amor pálido –apenas una candela- enarbolado en nuestras contiendas. Un amor que une y desune. Que ata y mata. Que hace entresacar la mirada del fango a través de los versos de loto de los poetas, apuntando a los muy altísimos éteres en los que mora el germen, que muestran donde no llegan los corazones mortales. Accesible sólo al que muere, en la muerte o en la vida. Un Amor que derrama sus dones por doquier, descendiendo los infinitos escalones de la eternidad, en incesante lluvia, como un ejército áureo cuyos guerreros, como gotas de maná, uno a uno, cumplirán una particular misión. Cada ser, cada alma, recibirá su soldada. Cada eternauta, con su moneda –con su talento- apretada contra su pecho, se internará en el mercado de la vida a negociar su destino, a apostar en la partida de los sentimientos. Cada viajero deambulará, enloquecerá, soñará o anhelará, una migaja de esa pálida luminaria que los humanos llamamos amor. Hará de eso su vida. Su propósito –acaso el mayor-. Otros creerán ir un tanto más allá amando lo imposible, refinando su instinto con el pretexto de amar lo inefable, que personificarán en un Dios diseñado –a su imagen y semejanza- a tal fin. Otros vaciarán el sumidero de sus existencias de toda la herrumbre vital, de recuerdos y memorias, de experiencias y emociones, para poder recibir, expectantes, con su cuenco bien asido, su ración de ambrosía divina.
Y unos pocos, tan sólo unos pocos -muy pocos entre los pocos-, no buscarán. No amarán. No añorarán o anhelarán. No se enredarán en la adormidera del sentimiento. No malgastarán sus días en pasiones con fecha de caducidad en el supermercado de la eternidad. No sucumbirán a las demandas de su muy limitado cuerpo, o a las de su incansable mente.
Quizá ese uno. Apenas ese uno. Tal vez ese único uno. Sólo ese que no sabrá si es uno, podrá ver el AMOR en el amor.
Indiana Om
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