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domingo, 16 de septiembre de 2012

AMOR EN TRÁNSITO (4ª parte y fin)



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       ¡No necesito nada –no te necesito- para amarte! No preciso de ningún utillaje, escenario o maquillaje, protagonistas o secundarios, para amarte. No ha lugar tanto despliegue de fantasía y neurosis. No. Te amo. Contigo o sin ti, te amo. Te amo hasta decir basta y más allá. No importa con quién me estés sustituyendo en tu mundo. En el mío sigues siendo el amor. Y lo eres desde que desapareció la amada. 

"Andrew Atroshenko"

        Te amo porque has encarnado a la perfección el más eficaz de los pretextos, para que un pobre diablo confundido como yo, haya sido capaz de saborear el más sabroso de los néctares. Amando y herido de desamor, descubrí la sustancia que sustenta a todos los humanos, a todos los seres, a todas las cosas, a todos los países, continentes y mares, a todo nuestro mundo y a todos los mundos posibles. Al universo entero y más allá, más allá. La fórmula quintaesencial de todos los universos que mi alma pueda abarcar. Una alquimia replegada en cada minúscula  partícula de la más asombrosa pintura puntillista que imaginarse pueda. De todos los millones de seres, con sus muy creíbles historias de amor como la mía, como la tuya –la nuestra-, que habitan cada una de esas motas que penden suspendidas del tejido luminoso y transparente de la eternidad. Una eternidad que no se mueve a pesar de su estremecimiento sobrevenido. Un estremecimiento hilado de una condición tal, que los seres, hijos de tan irisado sino, mecidos por las olas de nuestra ignorancia, tapando nuestras vergüenzas con los harapos de la arrogancia, inventamos el sentimiento rey, el amor, el amor de los humanos, el amor que se disfraza de interminables máscaras en un carnaval de pasiones y emociones, que discrimina miles de cromatismos deflecados –entresacados- del blancor de la luz nodriza, de esa condición original. Un amor pálido –apenas una candela- enarbolado en nuestras contiendas. Un amor que une y desune. Que ata y mata. Que hace entresacar la mirada del fango a través de los versos de loto de los poetas, apuntando a los muy altísimos éteres en los que mora el germen, que muestran donde no llegan los corazones mortales. Accesible sólo al que muere, en la muerte o en la vida. Un Amor que derrama sus dones por doquier, descendiendo los infinitos escalones de la eternidad, en incesante lluvia, como un ejército áureo cuyos guerreros, como gotas de maná, uno a uno, cumplirán una particular misión. Cada ser, cada alma, recibirá su soldada. Cada eternauta, con su moneda –con su talento- apretada contra su pecho, se internará en el mercado de la vida a negociar su destino, a apostar en la partida de los sentimientos. Cada viajero deambulará, enloquecerá, soñará o anhelará, una migaja de esa pálida luminaria que los humanos llamamos amor. Hará de eso su vida. Su propósito –acaso el mayor-. Otros creerán ir un tanto más allá amando lo imposible, refinando su instinto con el pretexto de amar lo inefable, que personificarán en un Dios diseñado –a su imagen y semejanza- a tal fin. Otros vaciarán el sumidero de sus existencias de toda la herrumbre vital, de recuerdos y memorias, de experiencias y emociones, para poder recibir, expectantes, con  su cuenco bien asido, su ración de  ambrosía divina.

         Y unos pocos, tan sólo unos pocos -muy pocos entre los pocos-, no buscarán. No amarán. No añorarán o anhelarán. No se enredarán en la adormidera del sentimiento. No malgastarán sus días en pasiones con fecha de caducidad en el supermercado de la eternidad. No sucumbirán a las demandas de su muy limitado cuerpo, o a las de su incansable mente.
"Dan MaCcaw"
        Tan sólo uno –tal vez ninguno- entre esos escasísimos pocos, se dejará alcanzar. Apenas un alma será encontrada en ese punto indeterminado del infinito no-tiempo, del insondable espacio que sustenta todos los sustentos. Quizá uno, a duras penas uno, cuando alcance a comprender a pesar suyo, desnudo de todo mérito y demérito, que no es, ni hay nadie, en esa nada que nunca es, ni jamás deja de ser nada, una nada que lo incluye todo, hasta la exclusión y la distorsión, tal vez ese uno, ese apenas uno, sea elegido involuntariamente por esa Condición primera y última, por ese Amor innombrable e insensible, más allá de todos los más allá, escogido para personificar lo apersonal, para representar lo atemporal y aespacial, para calzar lo informe en la humanidad.

        Quizá ese uno. Apenas ese uno. Tal vez ese único uno. Sólo ese que no sabrá si es uno, podrá ver el AMOR en el amor.
Indiana Om

© Todos los derechos reservados  



viernes, 14 de septiembre de 2012

AMOR EN TRÁNSITO (3ª Parte)



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        En esas, me dedico a existir. Así, al desnudo. Sin tapujos ni zarandajas. No necesito ya excusas para vivir. La vida no es para mí. Mejor dicho, yo, el fantoche que ensayé todos estos últimos meses, tal vez ya algún año, no era digno de la vida. Mi vida no podría estar edificada ya sobre los pilares de un sentimiento tan distorsionado como insignificante, pero con la fuerza suficiente como para abducir a un pobre diablo como el yo, mi yo, de hasta ahora. Mi vida de hoy ya no me pertenece. No me la atribuyo. Diluyo, toda acreditación que me señale en un punto y con una dirección. Nada apunta ni me apunta. No obstante todo despunta en ese amanecer prolongado que alumbra sin propósito ni de enmienda. La mierda abonó el árbol que apunta ya maneras y nuevos frutos. Yo siento que ya no vivo, y no es por la desazón de no tenerte –si es que en vez alguna te poseí- . La Vida habita en mí. Me abordó sin escrúpulos y, a pesar de mis estúpidos juicios, se instaló como no podría ser de otra manera. Ocupó su lugar que yo había intentado desplazar con mi insensata espiral de emociones. Una escalada que me bajó a los inframundos del victimismo más adolescente y ciego, jamás antes conocido en mi guión. Una peligrosa arma adictiva.

"Richard Estes"

        La vida me habita. Yo soy el que a ella le pertenezco. Ella disfruta de sus dones a través de mi discurrir. Experimenta sus ensayos conmigo por toda excusa. Ella me lleva y conlleva. Tan sólo tengo que retirarme de mí. Ausentarme. Enajenarme de cualquier enajenación que me muestre en lo ajeno lo extraño. La vida es todo y está en todo. ¿Cómo pude pretender alguna vez recluirme de ella? Puedes nadar a contracorriente o ponerte al pairo de sus vendavales, pero jamás –créeme- podrías mantenerte al margen. Un margen inexistente. Eres precisamente tú el que traza quebradizos límites en lo infinito. Te esfuerzas en conservarlos. Te anexionas reinos oscuros en lo que está claro. Y, en tu pobreza, en tu indigencia de espíritu, sucumbes agotado, como un débil dique arrollado por unas aguas salvajes que no han nacido para ser relegadas. El océano es, sin más, y yo me empeñé en su estar, en una estancia estrecha de mi miope visión que quise, en mi fanático fundamentalismo, imputar a los demás, a cuantos personajes encontré en mi camino a ningún sitio, reclutando mercenarios para mi ciega cruzada.

"Rob Hefferan"
        Ya no te puedo ver, aunque quisiera con empeño, en ningunos ojos, amada. Ya no estás más en mis escenografías. Te desalojaste involuntariamente con ese hilo de luz que horadó mis estancias secretas. Ya no eres el pretexto de un sentimiento incipiente y absorbente en mí. No te retendré ni entretendré más. Sigue tu libre flujo. Obedece a lo que te hayas forjado. Te doy, profundamente reconocido, las gracias por haber desatado en mí un torrente de reflexiones. Sí, porque tú has sido el detonante atronador de todo esto. Gracias por desviar el amor hacia mis entrañas, hasta el ardor más corrosivo. Gracias por tu insistente presencia en todos los recodos de lo que yo tomé por mi vida, por aquel entonces. Gracias, porque cada pliegue del destino que compartimos me intoxicó hasta un grado tal de locura, que desentumeció y propició las brisas más frescas en el infierno que edifiqué en torno mío.

        Ya no busco tu amor en todos y todo. Ese macabro invento de aventura me arrojó a los brazos de la vida. Directamente a los mismos brazos de lo que creía anhelar. Creí haber perdido al amor y estaba en ciernes de ser alcanzado por su esencia desnuda.

        Ahora, al fin veo y reconozco que  el amor no tiene rostro, cuerpo o apariencia. Localización o tiempo. Edad o forma. Sexo o especie. Ciudadanía o nacionalidad, como los pasajeros de esta terminal de tránsitos, de este aeropuerto, en la que me encuentro. Ya no huyo de ti, amada. Ya no escapo ni  de mi pantomima.

"Dan MacCaw"

       Si sigo viajando es porque en cada puerto me espera, no una mujer, como los marineros de leyenda. En cada país me aguardan todas sus mujeres sin excepción. Todas las mujeres de cualquier condición. Jóvenes, maduras, ancianas y niñas. Todas. Todos los hombres. Todos los seres. Animales e insectos. Objetos y lugares. Calles y plazas. Todas son mi casa. En todo sitio estoy en mi hogar. No deambulo ya desesperado, por los bulevares del tiempo, esbozando un cuadro romántico desfasado, de tristes cromatismos. Paseo. Paseo a través del espacio que no acaba, y en él me creo y recreo una y otra vez, interminablemente. El pasear no tiene un rumbo ni un destino. El paseo es precisamente ese recreo. Una delicada y minuciosa recreación en el espacio y el tiempo, donde saboreo los más exquisitos aromas secretos de la existencia. Acaricio en él cada banco astillado y avejentado de intemperies, que ha recogido mil pasiones furtivas en cualquier rincón improvisado. Soy esa pareja que se arrulla en mieles. Esas bocas que se comen con fruición. Ese anciano que atraviesa su última avenida cogiendo dulcemente la mano de su nieta, como si fuera su postrera misión. Esa chica que mira nostálgica a los hombres, buscando lo que tal vez jamás conoció. Esa madura solterona que, entrados en los cincuenta, lee novelas de amor en el salón de casa, donde el tiempo se ha detenido. Ese oficinista que jamás se atreverá a invitar siquiera a un rutinario café, a su compañera de ensoñaciones de la mesa de enfrente. Ese adolescente confuso e indeciso, que mira furtivamente a la chica de sus sueños más contradictorios, tres pupitres más hacia delante. Esa madre que amamanta a su cría en la fría madrugada, entre nanas improvisadas cuidadosamente. Soy esa pareja de ancianos olvidada en un asilo anónimo, que sigue manteniendo celosamente, con su mirada brillando en la opacidad de la edad, la llama de su amor encendida, ancestralmente, desde, casi, casi, su infancia, que se diluye entre los barnices, que amarillean, de sus recuerdos. Soy ese perro que aúlla en un arcén, lacerado de soledad, ante el cadáver enrojecido y restregado por los neumáticos de los vehículos, de su hembra, en una comarcal de provincias. Ese gato que maúlla preñado de celo en la lomera de una casa de aldea. Esas aves que entonan, altruistas, la banda sonora de cualquier amanecer. Ese asesino que se pudre en un calabozo gris, añorando a su novia de toda la vida. Esa prostituta inexperta que cuenta, billete a billete, incansablemente, el fruto de cien batallas contra sus escrúpulos, mientras sueña con sus retoños, aparcados en un país lejano, en casa de los abuelos. Ese púber que se interpone entre su madre y la borrachera de su progenitor. Esa niña que duerme abrazada a su cachorro, entre las sábanas de su cama. Soy… Soy todos los seres que no pueden zafarse de su destino. Todos los seres que se dejan vivir por el sino de la Vida, con mayúsculas. Que entienden este juego a su manera y participan aplicados. Que, aun no entendiéndolo, se empeñan en consumir y consumar sus días, sin discusión con los cielos. Despotricando de los infiernos. Pidiéndole a Dios una existencia más justa. Más ajustada a sus sueños. Más acorde a sus entendederas, que son las que el Creador quiso y ellos ejercen, por los escenarios pintados de “¡cómo pasa el tiempo!”.




        ¿Cómo pude pretender siquiera encerrar todo esto y más, en un molde tan estrecho como tú, amada? ¿Cómo pude ensalzarte a tan alto rango? ¿Cómo pude creer que alguien tan egoísta como tú podría albergar, o al menos suscitar,  todos esos sentimientos? ¿Cómo podría tan pingüe molde contener tan exquisito pastel? ¿Un cuerpo, tan humano como el tuyo, podría acaso expresar la incontenible belleza desparramada por todos los dramas de la Creación?

        ¡Qué absurdo y ridículo siento cuando reviso mis delirios que llamé amor!


Indiana Om



© Todos los derechos reservados  
Continuará.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

AMOR EN TRÁNSITO (2ª Parte)



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       A veces me siento como un espectro, condenado a vagar por todos los países en los que me depositan estos pájaros de acero. Mi ruta es la suya. Desde que decidiste alejarte de mí, alegando desgaste sentimental, he sido yo el que respetuosamente ha puesto tierra –más bien aire- de por medio entre tú y mi corazón, donde no había un resquicio.

"Richard Estes"

       Amada mía, sobrevolando las nubes y sus reinos de algodón, me he armado con la convicción suficiente para participarte que el amor no se puede consumir. Tal vez sí consumar, pero acabarse nunca. Al menos el amor en el que yo creía y creo. Los sentimientos humanos son como asentamientos donde los nómadas desisten de su condición de proscritos del destino. Muchas eras serían precisas para movilizar y desterrar nuevamente a esas almas hijas del anhelo. ¡Cuántos años de añoranzas fueron necesarios para conmover a los vientos del sino que te trajo hasta mí! ¡Un sinfín de vigilias preñadas de ensoñaciones y fantasías, que dieron a luz esta relación que ahora se me escurre entre los dedos del que desea beberse el mar y más! ¡Gracias, escultor de sentimientos, por cincelar lo más sólido de mi existencia, el propósito de mis propósitos!

       

       Volando de aquí para allá, llevado por un querer que me dio alas, he comprendido que el amor verdadero no tiene límites, propietarios ni fronteras, como esos países que se tornan paisajes mirándolos desde el pasaje hacia el reino de los cielos. Doy gracias a los mismos por haberte conocido y encontrado. Por habernos reunido en un punto de la eternidad, aunque tú nos tengas por separados. No. El amor que yo siento, ajado, no es un asunto zanjado. Aunque mis sentidos ya no te lean, tú no te has marchado, si es que alguna vez te creíste a mi lado. 

       Deambulo por las avenidas, plazas, puertos y escenarios urbanos de cuantas ciudades me acogen en mi destierro. El mundo, de tanto ejercerlo,  ha convertido a este indigente indígena en su oriundo.

"Dan MacCaw"

      Al principio fui el espectro de la soledad más irreprimible que temerse pueda. Ni los alcoholes más oscuros de las frías noches suburbanas de las más remotas capitales, lograron anestesiar a duras penas unas horas, por toda tregua, este corazón escocido. Como un famélico cachorro apaleado, entrechoqué mis huesos contra cuantos raídos bancos de parques olvidados me topé. Noches al raso cubierto por los escupitajos de mil rocíos impertinentes. Mordido por los fríos fantasmas de las madrugadas de alguna pensión de mala nota, en los barrios latinos. Arropado por el hedor de alguna puta bañada en perfume de bagatela. Inundado por el único alivio de mi vómito. Días grises, muy grises, espesos como el plomo, en casas de comidas obreras, sorbiendo hipnotizado una sopa aguachada con visitantes alados por todo tropezón. Cervezas y licores en bares y tabernas roñosas, donde los codos quedan atrapados al hincarse en la mugre de sus interminables barras, pobladas por los más pintorescos esperpentos desdentados y deslenguados.

       No obstante, amada, en todos esos sitios, créeme, estuviste conmigo, muy cerca de mí. Acaso más pegada a mi costado que vez alguna imagines. En todos esos escenarios te vi. Te reconocí, en cada alma que se agitó ante mi sombra. En cada cuerpo que hollé con fingida, tal vez, pasión. En cada carmín que se restregó sin convicción contra mis labios. En cuantos rostros me asomé. Todos los ojos que buscó mi ansiosa mirada errante, fueron los tuyos.

"Dan MacCaw"
       

      Sí. En principio fui un hijo de la añoranza. Un vástago de la melancolía. Una patética víctima de la autocompasión. Durante ya no recuerdo ni el tiempo, dejé mi amarillento cadáver arrastrar por entre todos los meridianos posibles de mi  mapa existencial, pasto de los buitres del lamento perpetuo.

     Y un buen día, un inesperado día, tras la tormenta sostenida, estando de bruces, haciéndome cruces en las últimas, aterrizó sobre mi ánimo una brizna de luz, muy tenue, a malas penas perceptible, pero con la intensidad suficiente para ungir mis heridas y encaminarlas hacia la sanación.

       Ese milagroso avatar se hizo sentir en mí todo. 

       Al principio, pareció detenerse ahí. Como si el bálsamo extendido del consuelo, apenas por la periferia de mi congoja, fuera suficiente. Tras la calma que trajo la calma, quedé sumido en un estado claro, traslúcido, que segó las telarañas de las últimas (super)vivencias. Mi historia maldita, empapada de ajenjos, se detuvo en seco. La muerte en vida falleció allí mismo. El negro sol de mis andanzas se precipitó en un ocaso vacío. Un nuevo astro despuntó en mi horizonte.

       No podría describirte todo lo que me reportó. Tampoco querrías, ya supongo, escucharlo, lejos, tan lejos de mí como has elegido vivir el resto de tus días. No desespero por ello, no vayas a creer, porque ciertamente no albergo esperanza alguna. Ya no busco. No anhelo, imploro o suplico. No me implico en más cruzadas perdidas de antemano. La aventura, por ventura, terminó.

       Ahora estoy en paz conmigo, con el mundo y con sus habitantes. No imputo ni una sola doctrina más a propios ni a extraños. No apunto a nadie como la diana de mis iras. No ejecuto ni hago rodar ya más mi cabeza. 

      Te doy gracias por la asombrosa metamorfosis que la decisión de romper tus lazos conmigo ha desatado en mí. Ya digo que no fue fácil. Ni difícil. Tampoco es que fuera yo el protagonista de todo lo representado. Sin embargo la enajenación más cruda me recondujo directamente a casa. Cuanto más perdido anduve más pródigo me torné.

"Sung Jin Kim"

      Y ya no te veo en esos rostros que desfilan en lo alto de cuerpos anónimos, por las calles de Europa, América o Asia. Ya no te leo en más labios de los que se pueden contar. No intento palparte en carnes frías embutidas en sábanas raídas de compartimentos ajenos. Tu sabor ya no es el de las grietas de los labios que bebí en los suburbios de nuestra civilización. No. Mis huesos ya no beben los vientos por ti, arrastrados por la fiereza impasible de mil huracanes, mientras tú permaneces arropada, a cubierto, por cualquier otro amor que te arrulla los fines de semana y fiestas de guardar.

 Indiana Om 

 © Todos los derechos reservados  
Continuará.


lunes, 10 de septiembre de 2012

AMOR EN TRÁNSITO (1ª Parte)



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     “…Última llamada para zona de embarque a los pasajeros del vuelo 1112 de Lufthansa con destino a Frankfurt. ¡Din-donnn!... Les informamos a los señores pasajeros del vuelo a Londres 4320, que viajan con la British Airways, de que ya pueden facturar sus equipajes en los mostradores de su compañía aérea…”

       Las voces informativas restallan reverberando en la bóveda de la terminal del aeropuerto. Una mescolanza de ruidos indefinidos, lo inunda todo. Ecos de multitudes apresuradas arrastrando sus equipajes, timbres entrometiéndose periódicamente, ruedas que arrancan a la carrera cuando terminan los mensajes metálicos lanzados al espacio. Cuerpos aplastando su cansancio atrasado contra los asientos de plástico. Miradas perdidas en los espacios interminables que se dilatan aún más con las horas congeladas. No pasa nada y mil anécdotas florecen a la vez, insulsas, monótonas, repetitivas, como rituales mecánicos sin alma. Pura emocionalidad contenida que estalla en este punto, y en ese otro, y más allá, cuando dos o más cuerpos coinciden, en el tablero de ajedrez, en un mismo cuadro. Conversaciones absurdas y cansinas vomitadas por doquier. Humanidad en estado puro. 

"Dan McCaw"
        El mismo espectáculo de siempre teniendo como escenario el dédalo de corredores y salas de espera de un aeropuerto. Las mismas situaciones, la misma fauna aquí y allá. Apenas cambian las vestimentas en este lado del mundo. Pueden anunciarnos que estamos en Italia, Francia o Suiza. Alemania o España, que aunque sea diferente, en la panza de las terminales, las digestiones del material humano ingerido, son idénticas. Las maneras y talantes de cada país se diluyen al punto con cada invasión, cuando los Boeing descargan sus materias fecales a base de zombis, que montan en cintas transportadoras que los desplazan impersonalmente de aquí para allá. Ruedas que ruedan con sordo estrépito. Prisas y, a veces, no muy comedidas carreras. Latinos y nórdicos. Occidentales y orientales. Pantalones y sayos. Cromatismos chirriantes versus grises y pardos mustios. Explosiones de emoción frente a victoriana contención. Hipocresía y represión confrontada a la espontaneidad. Demasiada naturalidad, a veces, nadando entre mares políticamente convenidos. Fieras expresionistas a duras penas amaestradas, de ademanes malamente contenidos, conviven por unas horas robadas a la voluntad, con la jet set de todas las sociedades, que odia ensuciarse las manos con la mugre que se desprende por todo lo que la chusma toca. Castas reducidas a una misma condición de pasajeros en espera, en un punto que se sobrepone a todas las fronteras y distinciones sociales, en un lugar de paso. Es la escenografía de un tránsito. Un punto muerto condenado a sacudirse todos los viajeros constantemente, como pulgas. Un lugar neurálgico que estalla en mil direcciones, enviando a sus sempiternos e improvisados habitantes a países lejanos, y que, casi con total certeza, nunca más volverán a encontrarse. Un espacio que añora compulsivamente el vacío. Que renueva insaciable su plenitud contingente.  

       Y aquí me encuentro yo, sumido en esa tierra de nadie, donde tu identidad, procedencia y destino, penden de un minúsculo papel, y tu alma improvisa un sino impreso en este billete que quema mis manos.

Indiana Om 

 © Todos los derechos reservados  

Continuará.
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