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| "Andrew Wyeth" |
Calado hasta el espíritu con una lluvia de sobrecogimiento, un relámpago, venido desde las almenas del alma, me ha alcanzado mientras me mecía interminablemente al ritmo de una tabla de multiplicar, cantada al compás de la monotonía de la vieja escuela del pueblo. Una suerte de metempsicosis ha vulnerado mi consciencia cuando mi mirada se ha estrellado, seducida, contra el cristal descascarillado del espejo centenario, que me confronta desafiante, silencioso. La vieja superficie de vidrio, como una tupida telaraña abisal, entona su canto de sirena. “Dos por dos, cuatro. Dos por tres, seis”. La mecedora, encajada en mi cuerpo, danza incansable. “Dos por cuatro, ocho”. Se balancea sin parar una y otra vez. “Dos por cinco, diez. Dos por seis, doce”. Una y otra vez. “Dos por siete, catorce”. Incesantemente. “Dos por…” Una y… “…ocho…” otra… “dieciséis”…vez. “Dos por nueve, dieciocho”. Sin fin. “Y dos por diez…”
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| "Andrew Wyeth" |
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| "Eduardo Naranjo" |
Quedé sumido en un profundo silencio. La verborrea asustadiza, la confusión toda, se fundió en esas aguas densas como el mercurio, pero a la vez inquietantemente transparentes. Una transparencia de cristal. Límpida. Preñada de dimensionalidad inacabable. Desapasionada. Porque allí no había emoción alguna, al menos no apreciaba algo parecido a los registros conocidos en el marco de las sensaciones. Las sensaciones son las palabras del cuerpo, el idioma de la materia somática, y ahí -¿dónde?- no se dejaba sentir nada parecido a lo que hasta ahora había aprendido a leer como un cuerpo. Es como viajar en un coche y, al momento siguiente, aparecer sobre la carretera sin el vehículo. Intento ver. ¿Con qué ojos si no dispongo de cuerpo alguno? Miro y miro estupefacto. Se diría que mis pupilas se dilataron hasta el infinito, hasta perder sus límites. Sin contorno. Sin retorno a lo que hasta ese instante, llamé normalidad. ¿Normal con respecto a qué? ¿Dónde están los parámetros medidores que establezcan la norma? ¿Con qué medida o aparato calibraría esto? ¿A partir de qué punto cero arrancarían mis pesquisas en un espacio vacío hasta de él mismo? Miro y miro un poco más. ¿Qué otra cosa podría hacerse en tal situación? ¿En una situación en la que no me sitúo? No. No acabo de ubicarme porque primero tendría que encontrarme. Todas mis referencias habituales se habían esfumado en esa oquedad sin fondo ni fuste. ¿Habituales? Precisamente me doy ahora cuenta de que todo ese andamiaje de hábitos y costumbres, que hacían mi existencia cómoda, cuando discurría mecánicamente por sus avenidas, estaba por reinventar. Es como nacer de nuevo. Como una vuelta al origen. Un reset con todas las consecuencias, ejecutado en la computadora de mi cerebro. ¿Será acaso todo esto producto de la activación de alguna neurona que andaba letárgica en algún lugar recóndito de mi sustancia gris? ¿Me habré salido del programa para entrar en otro sin programarlo? ¿Acaso pudiera estar en “la papelera” de mi vida? No. No tomo drogas. La única licencia que me permito es algún brandy que otro y en las ocasiones. Ésta todavía no lo había sido. No había requerido de momento primeros auxilios etílicos. Yo tan sólo estaba en el caserón de mi abuela, pasando un íntimo puente conmigo mismo por toda compañía, arreglándome y recomponiéndome de la vorágine en la que el trabajo y otras preocupaciones de faldas me sumían últimamente. Tan sólo me estaba dando un baño de nostalgia cuando, al sacudirme de encima el sopor, cabalgando el vaivén de la vieja mecedora, de repente me sentí transportado a este estado. Más bien me hallé repentinamente aquí. Si supiera el camino de ida, probaría a desandarlo. Pero fue algo drástico. Como ser o no ser, que diría aquel. Como estar en un sitio –más bien en una condición- y al momento siguiente, aparecer en otro. Aparecer como aparecen los fantasmas. Los espectros. Espec… ¡El espejo! Especulando me he topado de nuevo con el espejo. Ahora me viene más claro en esta transparencia, que me sumí en la visión del antiguo espejo. Quedé absorto. Como embaucado por su contemplación. Fue como caer succionado por la superficie del espejo, en un pozo sin fondo, de una forma tan trepidante, que pareció no tener fin, rozando lo eterno. Interminable. Vertiginoso hasta el pasmo. Después, tal vez un desmayo. No hubo paisajes ni itinerario. Ni sonoridades o espacios. Tan sólo una contundente impresión –certeza más bien- de atravesar mundos y mundos inabarcables, como rasgando miles de velos traslúcidos muy próximos unos de otros, cada vez más, hasta sentir que taladraba un muro de espesor considerable, sin el menor esfuerzo.
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| "Dan MacCaw" |
Heme aquí, ahora, en éstas. No tengo palabras para describirme apenas la situación, el desplazamiento. La desubicación. El destierro fuera del mapa existencial que hasta ese estado de cosas, había supuesto mi norma, mi brújula, mi mapa en un reino de impresiones materiales, formas, colores, emociones, sentimientos y pensamientos. Este discurso que me cuento no me pertenece, hablando de pensamientos. Como no me siento estar, no llega a ningún sitio esta palabrería. Nadie está contando nada a ningún otro. Nadie puede hablar a nadie, y, sin embargo, ¡esto está ocurriendo! Se está dando. Hay un acontecer sin secuencia temporal. Hay una película sin pantalla ni proyector, que se está desplegando, fotograma a fotograma. Un espectáculo sin espectador. Un despliegue desde ningún repliegue. Una apariencia sin aparición. ¡Un momento! ¡Basta de metafísicas de andar por casa, aunque sea ajena! Vamos a ver el modo de despertar de una vez por todas de este cuento que ya dura –y basta ya de literatura- demasiado.
Siento que me hundo flotando, en un océano viscoso forjado en acuidad. Todo se detiene en una calma omnipresente que nunca se agitó lo más mínimo. Que siempre estuvo e intuyo que estará. Tal vez sea porque esa calma es. Tal vez sea porque acaso sea lo único que es. Y ahí yo soy. Soy en esa calma. Soy la calma insondable hallada a sí misma en un desliz. La solución disuelta en la decantación de los mundos. El hechizo desencantado.
Una brisa perturba la desolación. Mece, a la vez que inventa, los espacios, las eras y las expresiones, que asoman a una superficie improvisada de un mar que no cesa ni empieza. Entre cortinajes se perfila lo desdibujado. Una apariencia asoma al quicio de las horas destiladas de la atemporalidad. Y nace la experiencia. La luz, el color y la sombra. El olor. Se escucha el lamento de la materia. Se siente desde lo insensible. Se vive al uso, todavía sin abuso. Se nace y crece. Se evoluciona y desarrolla un despliegue manifiesto de un cosmos familiar. El cuadro inicial, la escena, desde donde parte la primera parte de lo que parece empezar, se muestra con el concurso de infinitesimales puntos irisados, viajeros de la nada, que se aglutinan en conglomerados siguiendo un orden oculto e implícito en cada uno, que lleva el sesgo del todo. Nada era y todo es. Todo era y nada es.
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| "Dan MacCaw" |
La creación hecha a sí misma se muestra reflejada. El significante y el significado se hermanan en un signo multidimensional, fingiendo contar, no queriendo importunar. El espejo venido desde la meta, impregnado de salida, llega a una estación término desde la que parte. La superficie reflexiva no especula con lo que allí se asoma. Todo está bien porque ni siquiera es. Todo es imperfecto porque nació de la perfección misma. Todo está impregnado del sello de lo humano porque es divino.
Un hombre acurrucado en una mecedora, liado en una manta, al que le ha sobrevenido la madrugada, aparece en la superficie de un espejo, que se ve a sí mismo, a través de su reflejo. Un espejo que se mira en ese hombre. Un ojo que se percibe en lo mirado. Un ver que no ve que no se ve.
FIN
Indiana Om
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